Por qué he renunciado a la beca predoctoral del CIPF
Shora | 5 enero, 2012 | 1:19 PM
Probablemente conozcan al Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIPF). Estos últimos meses ha sido más conocido en todo el mundo por sus desgracias que por sus méritos. La primera de todas, por truncar las carreras de jóvenes científicos y, como siguiente paso y colofón ¿final?, un ERE para alrededor de la mitad de la plantilla y una rebaja salarial sustanciosa a los que se quedasen. Ha sido el primer centro de investigación en España y, posiblemente, de Europa en ostentar el deshonroso honor de someterse a un ERE. Las prestigiosas Nature y Science se hicieron eco de la dramática situación del CIPF: En Spanish institute faces cash crisis y Researchers Fight Closure of Biomedical Research Center
Los políticos no tardaron en anunciar que la medidas que se tomaron eran necesarias, pero no es verdad. Si en el CIPF se realizó un ERE es porque no hubo ninguna voluntad política desde la Generalitat Valenciana de aportar el dinero suficiente (con 4-5 millones adicionales el centro hubiera seguido funcionando con normalidad). Una verdadera lástima, para un centro que figuraba como quinto en importancia en España.
Como casi siempre, detrás de una gran noticia hay pequeñas historias que se quedan en el olvido o no llegan a salir a la luz. Por eso yo me he decidido a contar la mía y, ya de paso, la situación de mis compañeros predoctorales del CIPF. Creo que así se harán una idea un poco más amplia de la situación del CIPF, al margen de las noticias en los grandes medios.


La ciencia no sólo está para ampliar nuestro conocimiento y aplicarlo en beneficio del ser humano, también tiene el deber de acercarse al gran público para que éste no quede al margen de sus avances y sepa valorarla y, hasta cierto punto, comprenderla. Si viviéramos en la era de las cavernas podríamos permitirnos vivir sin tener ni idea de ciencia, pero en un mundo cada vez más dependiente de la ciencia y la tecnología, ignorar sus principios más básicos es extremadamente peligroso a largo plazo.
No hay mayor reconocimiento social y científico en el mundo para un investigador que el hecho de recibir el Premio Nobel. Conseguirlo no sólo aporta el prestigio máximo del mundo de la ciencia sino que, en muchos casos, la persona pasa de ser casi un completo desconocido a una autoridad pública encumbrada por los medios de comunicación. Que los Nobel elevan a sus premiados al Olimpo de la Ciencia no es, en cierto modo, una exageración: Sus discursos y afirmaciones pasan al plano público con una autoridad casi divina. Sin embargo, a menudo se nos olvida que, pese a ser personas sobresalientes en campos concretos de la ciencia, siguen siendo tan humanos como nosotros, lo que incluye la humana propiedad de equivocarse, incluso estrepitosamente.


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