Simulando el contacto materno en bebés

13 12 2007

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Zaky Leyendo Medgadget, he descubierto un curioso invento que probablemente les resulte similar en concepto a las madres monas de felpa del artículo sobre la importancia del contacto materno.

En la continuación, que no tardará muchos días, verán hasta qué punto puede resultar efectivo una medida tan sencilla como aplicar unas almohadas similares a manos, calentitas y blanditas. Aunque, claro, no deja de ser una medida un tanto fría y simplificada de lo que significa el verdadero contacto piel con piel, además de los movimientos que se hacen a la hora de sujetar y acariciar al bebé. Es como comparar la lactancia artificial con la lactancia natural. Simplemente se tratan de medidas que están muy bien, cuando por alguna razón no se puede recurrir a los procesos naturales. Una muy buena utilidad para estas almohadas simuladoras de manos humanas sería para aquellos bebés prematuros dentro de incubadoras (previa esterilización) ayudando a su desarrollo y sensación de seguridad. Las enfermeras no pueden estar siempre pendientes de ellos acariciándolos, y esta medida sirve mientras tanto. Todo lo que sea hacer menos frío e insensible un hospital, tanto mejor. Y las incubadoras, por mucha tecnología puntera que tengan, no son precisamente el ambiente más acogedor (aunque sí el más saludable) para un bebé prematuro. Eso sí, nunca deberían utilizarse como un sustituto para desatender al neonato.

Algunas de las características que mencionan sobre el producto ya les deben sonar en ciertos monitos rhesus con ciertas madres de felpa:

Los bebés se tranquilizan como si alguien les estuviera tocando, lo que les ayuda en su necesidad de sentirse protegidos.

Es un objeto de transición para los bebés, ayudándoles en diferentes ambientes. Les aporta una reducción constante de la ansiedad cuando experimentan diferentes luminosidades, olores, sonidos, temperatura, etc

Desde luego, hay variedad en modelos y colores:

Zaky

Zaky

Aquí tienen la página web del curioso producto: Zaky

Aunque… entre ustedes y yo, basta un par de guantes suavecitos y largos que se tengan por casa y algo de relleno moldeable para tener unos chismes de estos perfectamente adecuados. Se los ponen o los tocan durante unas horas para que adquieran el olor corporal y listo. No hace falta gastarse 40 dólares por Zaky (aunque en el cambio a euros salgamos ganando) para tener algo que cualquiera puede fabricarse. Eso sí, les agradecemos la idea.

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La importancia del contacto materno I

2 12 2007

Nada más nacer, el bebé pasa a experimentar gran cantidad de sensaciones que hasta el momento desconocía. Si en el interior del útero materno todo era calidez, humedad y protección, en el exterior experimenta por primera vez el frío, el aire y el dolor…

El dolor inducido por alguien que, nada más salir, empieza a golpearle en las nalgas provocándole su primer llanto. Sin duda, la primera experiencia desagradable tras el parto a la que ha tenido que hacer frente, marcando así el principio de otras más que estarán por llegar (infecciones cada dos por tres, caídas, berrinches…).

Pero en un mundo tan nuevo para él, el bebé posee una serie de comportamientos innatos, primitivos y básicos que le permiten aliviar su alto estado de desprotección. Nadie le ha enseñado a succionar ni a agarrar, ni tan siquiera a buscar el contacto de los demás, pero algo dentro de él (que ha pasado a lo largo de toda nuestra especie sin la necesidad del boca a boca, ni registros escritos) le permite hacerlo. Por instinto, succiona cuando se le acerca un pecho o una boquilla de aspecto similar. Por instinto, cierra la mano, cuando se le acerca un objeto lo suficientemente pequeño para rodearlo completamente con sus pequeños dedos. El bebé posee tal cantidad de comportamientos instintivos protectores que cuesta imaginarse cómo ha podido recurrir a ellos sin nadie que se los chivara. Unos conocimientos “de serie” que todos hemos tenido y que transmitiremos, sin saber muy bien a través de qué mecanismo, a nuestros descendientes.

El bebé, este ser tan enigmático ha intrigado y sigue intrigando a pediatras, psicológos y psiquiatras. Si la explicación de su comportamiento resulta intrigante más aún resultaba ver qué era para él lo más importante. A qué comportamientos innatos recurría más para tratar de sobrevivir. La primera respuesta en la que todos pensaríamos, sería el alimento. ¿Qué iba a ser de un bebé sin leche? ¿Cómo haría para sobrevivir? Estas cuestiones eran las que un psicólogo llamado Harry Harlow se preguntaba. Para tratar de dilucidar el asunto, era necesario la realización de experimentos pero, ¿cómo experimentar con un bebé? No sería ético. Así que Harry Harlow recurrió a uno de nuestros parientes más cercanos, los monos rhesus. Y menos mal, que fueran ellos. Sus experimentos fueron realmente crueles y de ser aplicados en seres humanos, habría creado personas traumatizadas de por vida. Harlow entendió que para comprender hasta el fondo el corazón humano tenía que estar dispuesto a destrozarlo y así lo hizo, en los pequeños monos. La tortura de la violación, las damas de hierro o el foso de la desesperación eran algunos de los nombres que dió a los dispositivos de sus experimentos.

Experimento MonoA pesar de las características generales de los experimentos, hubo uno realmente emblemático y que ayudó a responder qué era aquello más importante para el ser humano siendo un bebé.

El experimento era bastante sencillo. Harlow cogía a unos monos rhesus bebés y les daba a elegir entre dos madres artificiales. Se trataban de modelos, semejantes a una mona adulta para que el bebé tratará de creer que era su madre. Una de ellas simplemente estaba cubierta de felpa. La otra, simplemente tenía barrotes de hierro pero tenía un biberón con leche.

Cuando el experimento comenzó, los resultados fueron abrumadores, los monos preferían el contacto de felpa materno, que el de hierro, aunque éste tuviera leche. Los pequeños monos preferían agarrarse a la madre de felpa buscando su contacto y protección que acercarse a la madre de hierro para tomar leche. Cuando la sensación de hambre era ya insoportable, iban corriendo a la madre de hierro, tomaban la leche suficiente y volvían corriendo a agarrarse a la madre de felpa. Más tarde, se comprobó que cuando se trataba de asustar a los monos, salían corriendo a buscar refugio en la madre de felpa.

Experimento MonoEste comportamiento, tan claro al principio, iba perdiéndose conforme los monos iban haciéndose adultos y cada vez iban buscando más el alimento que el contacto “materno”.

Más tarde, se probó que ocurría con estos monos, al cambiarlos en un ambiente diferente. Los monos que estaban junto a su madre de felpa, se agarraban fuertemente a ella, hasta que tenían la valentía de explorar los alrededores y después volvían al refugio que su madre artificial les ofrecía. Sin embargo, aquellos que tenían que enfrentarse a un ambiente diferente sin su madre artifical se quedaban paralizados, asustados y no dejaban de llorar. Algunos de los monos incluso buscaban entre los objetos esperando encontrar a su madre simulada, mientras gritaban y lloraban. Lo mismo ocurría para aquellos monos que se encontraban junto a su madre de barrotes de hierro.

Experimento Mono

Con ese experimento y otros más que se realizaron posteriormente en monos, quedó claro que en ellos era principalmente importante el contacto materno para su desarrollo, y que su principal comportamiento estaba dirigido a buscar y solicitar esa atención materna tan necesaria para ellos. Pero, ¿hasta qué punto estos resultados podían ser extrapolables al ser humano? ¿Seríamos lo suficientemente similares cómo para compartir esta característica? ¿Cómo íbamos a responder a esa cuestión sin recurrir a esos traumáticos experimentos?

Las respuestas a estas preguntas, en la continuación del artículo.

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