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“El trabajo me estresa, recéteme algo, doctor.” La medicación como forma de cobardía o por comodidad.

Shora | 31 octubre, 2007 | 11:50 PM

Receta El trabajo me estresa, recéteme algo, doctor. La medicación como forma de cobardía o por comodidad. Las forma en la que una sociedad capitalista y de consumo influye en cada una de las personas que la componen son sutiles pero evidentes. Con dinero en la mano (o un buen enchufe “typical spanish”) se obtienen una serie de privilegios en muchos ámbitos diferentes: Vivienda, coche, viajes… Y si pagas por algo, bien porque lo necesitas, o bien porque crees que lo necesitas (la mayoría de las veces será por lo segundo), tienes derecho a exigirlo con todos tus derechos y todas las críticas que estimes oportuno. Eres un cliente, un consumidor y te han inculcado que tienes siempre la razón.

Sin embargo, quedan aún pequeños reductos (que no sé bien cuánto durarán con tanta privatización) que se libran del modelo de consumo actual, uno de ellos se trata del modelo de sanidad público español. Ahí el modelo ya no es “Tanto quiero, tanto pido y pago” sino que es un sencillo “Tanto necesito, tanto me ofrecen según sus posibilidades”. La sanidad, por tanto, no es algo a lo que se acuda, en un principio, por capricho. Se va sólo cuando se estima que es necesario.

Pero no todo en sanidad está libre del modelo de consumo. Tenemos las necesarias especialidades farmacéuticas publicitarias que todos hemos visto en la televisión y que cada uno es libre de comprar cuantas quiera. Eso sí, se trata de un grupo de fármacos bien definidos, seguros y que tratan síntomas y signos menores.

El problema llega cuanto el modelo de consumo comienza a invadir al modelo sanitario y la percepción de “necesitar” se va frivolizando hasta el punto de llegar al “creo que necesito”. En Estados Unidos, donde su modelo de capitalismo es aún más brutal, la sanidad es mayoritariamente privada y muchísimos medicamentos te los encuentras en los estantes del supermercado, este fenómeno es aún más llamativo.

En España ocurría todo lo contrario, la gente acudía al médico y se medicaba cuando era estrictamente necesario, a veces, incluso algunos se esperaban hasta el último momento. Sin embargo, cada vez nos acercamos más a la percepción americana de acudir al médico y medicarse ante lo mínimo. Que estemos igual que ellos también llegará a su debido tiempo, pero desde luego los ejemplos siguientes creo que hacen pensar hasta qué punto pueden frivolizarse el concepto de salud y enfermedad, además del consumo de fármacos:

  • Estados Unidos es el lugar donde más porcentaje de niños son tratados de hiperactividad y déficit de atención. Digo que “son tratados” porque es tal la cantidad de consumo de anfetaminas para tratarlos (como el Ritalin) que es imposible que todos ellos tengan este síndrome. O los requisitos para realizar el diagnóstico son muy relajados o bien muchos padres acuden al médico para que receten anfetas a sus hijos porque son “demasiado” activos. El problema ahí no se convierte en un asunto de salud, sino de tolerancia. La tolerancia de los padres a aguantar a sus hijos en las fases más activas de su vida. Muchos de los padres que acuden al médico no tendrán realmente un niño hiperactivo, pero da trabajo y tenerlos tranquilos es muy cómodo. Se receta un fármaco, con todos sus efectos adversos y riesgos de dependencia que acarrean, ya no por salud y porque se necesite, sino por la comodidad que aporta. Y como si pagas, lo tienes, pues se convierte en un producto de consumo más.
  • La utilización de jarabes para la tos con codeína para sedar a los niños y que duerman tranquilitos es también una práctica más extendida de lo que ustedes se piensan. Aquí, a diferencia de las anfetas para el niño “demasiado” activo, es una práctica que se oculta. La razón es muy sencilla, el jarabe para la tos está contraindicado en niños precisamente por el efecto sedante de la codeína y porque hay bastantes riesgos si no se adecua la dosis. Pero como es algo que se puede comprar sin receta y que va de lujo para tenerlos dormiditos, pues se echa mano de él. Es muy cómodo y, total, es otro producto de consumo más que sale en la tele.
  • Las visitas al médico de gente que considera que tiene depresión o ansiedad ante el más leve revés de la vida son muy frecuentes. Ya sea que a alguien le ha dejado la novia, le ha salido mal un asunto familiar o se estresa en el trabajo, cada vez se acude más a consulta por temas así. La tolerancia a todos esos episodios de la vida, que ocurren antes o después, es cada vez menor. Y cada vez se acude más al médico no para tratar el problema sino para ocultarlo.
Para que comprendan la situación en global, lo explico a través de una metáfora. Imagínense que tienen una fractura de radio (en el antebrazo) y acuden al médico, porque verdaderamente lo necesitan, y sólo le piden que les suministre antiinflamatorios para tratar al dolor. La fractura sigue estando ahí pero como si siguen tomándose los antinflamatorios no van a sentir molestias, dan ambos el asunto por solucionado. Absurdo, ¿verdad? Pues es lo que se hace a diario para tratar “lesiones” psicológicas.

Muchas de las veces, el paciente describe un problema mental ante algo externo que no es sino una respuesta normal ante esa situación. Es normal estar alguna vez con “bajón” o con una temporada con más ansiedad de lo normal por jaleos del trabajo. Somos humanos, seres emocionales y lo anormal sería mantenerse impasible ante cualquier circunstancia. Pero como el paciente no sale contento de la consulta si no es con la receta de unas pastillitas, hay quienes terminan siendo recetados innecesariamente. Porque no se tratan de verdaderos cuadros depresivos ni de ansiedad y porque además el tratamiento es meramente sintomático. Están ocultando su problema. Si los jaleos del trabajo o la situación que ha provocado la “depresión” persisten, el tratamiento lo único que va a hacer es paliar los síntomas, pero en el momento en que se dejen de tomar, las manifestaciones volverán a aparecer porque la causa no se ha solucionado. Eso sin contar con los riesgos de efectos adversos y dependencia que tienen estos fármacos.

Pero, claro, es rápido y muy cómodo mirar para otro lado y no tratar de echarle narices y enfrentarse al problema que provoca el malestar. Mejor pienso que es un problema de salud, tomo pastillitas, yo me siento mejor, miro para otro lado y procuro pensar que la causa ya no me afecta, aunque me hago dependiente psicológico de esas pastillas que no debería necesitar pero que he utilizado. ¿Para qué voy a ir a un psicólogo, que me ayude a manejar la situación en la que estoy y enfrentarme a la verdadera causa del problema? ¡Es mucho tiempo, requiere esfuerzo y ser valiente!

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