La Felicidad de la Ignorancia

28 08 2005

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Visitando por casualidad la página del periódico 20 minutos hace unas semanas empezé a leer artículos de opinión. Algunos en los que se evidenciaba la ignorancia del columnista de turno, otros en los que los comentarios era para enmarcarlos por las verdaderas muestras de estupidez que algunos mostraban y un artículo que me llamó la atención sobre los demás. Lo pongo a continuación:

Ciencia de Verdad

A parte de la admiración que sentí por el niño, lo primero que me vino a la cabeza fue la acusación de herejía hacia Galileo por decir que el sol era el centro del universo y no la tierra (aunque tampoco es cierto del todo, ya que es el centro de nuestro sistema solar pero no del universo). Es triste que a día de hoy la gente siga prefiriendo tener fe en mentiras que ver más allá y aceptar la verdad (no sólo en algunos ámbitos de la religión sino ampliado a las personas en general, como autoridades, políticos, amigos, etc).

Y es que cuando la verdad que se muestra no es la que nos gustaría, es más fácil mirar para otro lado y negarlo. Y si entra en conflicto con nuestras creencias lo más fácil es atacar al que nos ha ofendido sin pensar siquiera en si tiene razón o no. Cuando no se puede defender una mentira, lo único que queda es atacar al que la ha mostrado como tal. La verdad, la mayoría de las veces es cruel, dura e insensible. Por eso siempre habrá personas que sientan la necesidad de creer es amigables mentiras que sirvan de apoyo por inestables que éstas sean. Sólo hay que ver como los horóscopos, el tarot y los adivinos siguen presentes en la actualidad. Ahí están, contando mentiras que mucha gente cree para aliviar el sufrimiento de no ser capaz de conocer lo que le deparará el futuro. Cuanto menos fortaleza se tenga para afrontar la verdad, más rápido se caerá en la mentira.

“La verdad os hará libres, la mentira… creyentes.”

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Evolución, selección y muerte

26 08 2005

Hoy quería postear un ensayo que escribí hace años y que pensé volver a desarrollar cuando tuviera las respuestas para algunas de las preguntas que me hice en su día y no era capaz de responder. Primero pondré el original y más tarde haré un desarrollo más extenso y respondiendo a algunas preguntas del original. Es curioso como con el paso de los años, lo que sabía y pensaba cada vez me parece más y más limitado con lo que voy aprendiendo cada día. Y lo que sé ahora me parecerá de risa con lo que sepa en un futuro. Buena señal, significará que no me quedo estancada y avanzo de alguna manera.

Mucho ha sido lo que se ha investigado, comentado y estudiado sobre la evolución y los hechos que de ella derivan y que todavía hoy no alcanzamos a conocer. Que la evolución va de una manera directa ligada a la selección natural es algo ahora indiscutible. Los seres vivos (hasta aparecer el ser humano) sobrevivían en un mundo cambiante mediante la selección natural y de esa forma la especie sobrevivía con cambios progresivos aunque necesarios para su supervivencia.

En todo este proceso el organismo mejor dotado en el ambiente que se encontrara sobrevivía y ese rasgo favorable adquirido podía ser transmitido a generaciones siguientes gracias al ADN. Esta molécula, portadora de la información de los seres vivos, ha sido la memoria de esos cambios durante millones de años, desde que apareciera el primer organismo vivo con esta molécula ya presente. Ella ha sido, a través de cambios, beneficiosos y perjudiciales para el ser vivo, la que ha determinado la supervivencia de especies en concreto. De esta forma sólo los cambios que resultaban beneficiosos podían ser transmitidos mientras que aquellos que no lo eran, a la larga, y en la mayoría de las ocasiones desaparecían. Podemos decir, por tanto, que esta molécula que poseemos actualmente ha sido el resultado de correcciones continuas a través de ambientes cambiantes. Porque no podemos olvidar que la razón por la que la mayoría de los seres vivos morimos no es sino por la incapacidad de nuestro cuerpo a cambiar, sólo a través de la muerte y, anteriormente, a través de la descendencia se pueden ir poco a poco produciendo esos cambios.

Si estos cambios no se produjeran, las especies como las conocemos actualmente no existirían, en lugar de ello habría una acumulación de individuos idénticos, sin posibilidad de cambio, que, ante una leve variación en su medio, desaparecerían totalmente. La muerte surge como un mecanismo de regulación, unas generaciones deben transmitir cambios y después morir, de no ser así, y ambas cosas no se produjeran, se produciría la extinción en masa de todos los seres vivos. La transmisión de información conlleva la adaptación, y la muerte, la regulación como consecuencia de la imposibilidad de poseer cambios apreciables en un individuo durante una generación. Si bien, esta se debe a otros factores, como enfermedades, mutaciones, etc., no debemos olvidar que nuestras células están programadas para envejecer y morir. Es algo inherente a la mayoría de los seres vivos. Sólo en contadas especies se logra evitar esto pero con el alto precio de permanecer completamente igual en un medio inestable. En el momento en el que el proceso de cambio fuera lo suficientemente drástico moriría igualmente y, en número, a una escala mayor e incluso llegando a la extinción. Lo mismo ocurriría si en lugar de transmitir esos cambios sólo se hicieran copias de un mismo individuo como ocurre en procesos como la segmentación, bipartición… Todos los organismos resultantes serían idénticos, e idénticamente vulnerables a modificaciones externas en su hábitat.

Sin embargo el ser humano ha logrado abandonar a medias este proceso. Somos capaces de modificar el ambiente en el que vivimos, ya no estamos sometidos totalmente a las influencias externas y si es así, ¿Qué nos impide evitar entonces la muerte si en lugar de transmitir los cambios a nuestras generaciones, estos se los podemos aplicar con un fin estabilizador al medio? Las razones son muy variadas, llevamos ya “inmersos” en nuestros genes el reloj interno de nuestra vida, el que aparece para la eliminación de los individuos ancianos para dejar paso a los jóvenes con cambios útiles heredados. Nuestro metabolismo, un arma de doble filo, altamente eficiente en la obtención de energía pero destructora de nuestro cuerpo a la larga debido a los radicales libres que van surgiendo a lo largo de nuestra vida. Las enfermedades, debido a la invasión de organismos externos en nuestro cuerpo se producirán durante todo el tiempo que dure la humanidad. La erradicación de las enfermedades es sólo una utopía, sólo podemos “acallarlas” durante un breve periodo de tiempo, después aparecerán cepas resistentes y de nuevo atacarán llevándose a cabo este proceso continuamente. El ADN, la molécula memoria de los organismos carece de una replicación perfecta a lo largo de la vida del individuo, ésta se va degenerando con los años inevitablemente y va dando lugar a enfermedades y en último lugar, la muerte.

Y por último, sólo estamos a medio camino de salir del proceso de la selección natural. Seguimos indudablemente ligados a ella. Aunque ya no nos es necesario buscarnos nuestro alimento porque podemos producirlo, aunque podemos mantener nuestra temperatura corporal mediante muchas variadas formas, aunque con nuestra inteligencia podamos crearnos utensilios que nos permiten realizar tareas imposibles por nosotros mismos seguimos ligados a nuestro medio ya que lo único que hacemos no es sino estabilizarlo dentro de unos límites posibles. Salimos del proceso de selección natural porque nosotros “seleccionamos” el medio dentro de unos límites, pero esos límites siempre pueden evitar el proceso estabilizador y entonces es cuando se produce la selección natural. Y aunque podamos algún día rebasar esos límites aún queda por conocer de que cuantas formas estamos adaptados al medio. Sabemos sin lugar a dudas desde hace mucho tiempo que la temperatura, la presión, el contenido atmosférico, los aportes nutritivos son factores a los que hemos estado adaptados de manera apreciable. Sin embargo, actualmente, sabemos que dependemos totalmente de algo que considerábamos tan innato a nosotros como la gravedad terrestre. Fuera de valores normales de gravedad el ser humano va degenerando en los huesos lentamente.

Recientemente, se están llevando a cabo investigaciones sobre las ondas electromagnéticas, quizás uno de los factores a los que estemos más adaptados y que nos pasa desapercibidos. Pues si nuestro cerebro trabajado con ondas eléctricas, ¿qué nos impide pensar que estas ondas estén adaptadas de manera directa o indirecta con el campo electromagnético (y también variable con el paso del tiempo) terrestre?

Todavía desconocemos muchos factores que impiden la vida eterna del ser humano, todavía no sabemos las dimensiones de adaptación completas que éste posee de manera inconsciente, y aunque algún día los conociéramos, ¿podríamos ser capaces de estabilizarlas a nuestro favor?, y una vez llevado a cabo esto, ¿podríamos evitar los fallos de replicación, los fallos del metabolismo, el “reloj interno” celular, procesos inherentes a nosotros mismos que aún desconocemos y que provocan nuestra degeneración?

Y una vez que todo esto pudiera llevarse a cabo, ¿sería entonces el ser humano psíquicamente capaz de vivir eternamente? ¿O acaso el ser humano estuviera adaptado psicológicamente también a la muerte? ¿Podríamos vivir con la idea de no morir nunca y mantenernos cuerdos a lo largo de incontables años? ¿De qué serviría entonces si todo esto no llevaría sino a la limitación de los nuevos individuos para mantener la población, y al final, a la pérdida de una de las características inherentes a los seres vivos como es la reproducción? Al final no seriamos sino seres vivos sin cambios en un medio artificialmente estable como consecuencia de ello. En el momento en el que surgiera una leve modificación todos los individuos morirían masivamente y todo el esfuerzo hubiera sido en vano. Entonces, ¿Qué lleva al hombre a evitar la muerte? O mejor dicho ¿qué lleva al hombre a retrasarla?, ¿la obsesión de librarse de ella de forma permanente? ¿O la obsesión de nosotros mismos para permanecer como individuos, sin importar las consecuencias de que el conjunto sea cada vez más dependiente de su propia tecnología y más vulnerable?

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La distancia que separa las ideas de las palabras

2 08 2005

Ahora que tengo conexión “estable” (la que el alcance de las ondas wi-fi me permiten) postearé más a menudo. Si el tiempo libre y la inspiración se juntan en el momento adecuado, claro está. Muchas veces tenemos el tiempo pero no las ideas y a veces las ideas pero no el tiempo. Ocasiones en las que tenemos el tiempo y las ideas pero la dejadez gana. Y veces que existen las ideas pero no sabemos darle forma o unirlas de forma que puedan ser expresadas con claridad, fluidez e incluso que lleguen a ajustarse perfectamente a lo que tenemos en mente.

¿Cuántas veces nos ha pasado que no hemos sabido plasmar con palabras nuestros pensamientos que tan claros nos parecen a nosotros mismos? Y también de plasmarlos y notar la sensación de que esas palabras cojean, que todo su conjunto no es nada más que una aproximación burda de lo que nuestra mente piensa.

Ahora mismo, mi mente intenta encontrar las palabras que más se ajusten para manifestar mis ideas, buscando sinónimos, encontrando nexos, dando vueltas en circulos sobre las mismas frases para que se acerquen cada vez más a mis pensamientos que quiero expresar. Pero hay un límite, cuando me doy cuenta de que hay cosas que no pueden expresarse en esas confusas palabras. Que el mismo lenguaje está limitado y que puede confundir a los demás y a nosotros mismos. Palabras como justicia, amor, odio, no son sino comodines, conjuntos de letras que utilizamos para referirnos a ideales e ideas complejas. Por eso, esas palabras tendrán distinto significado para quien las utilice, puesto que su visión, sus pensamientos asociarán esas palabras con la experiencia previa que tenga de ellas.

Palabras como banco, pluma o gato, que por si mismas, aisladas, no tendrían un significado concreto, sino que dependen de las palabras de alrededor para que podamos encontrarlo, a través del contexto. Palabras como azul, rojo, amarillo, que nos aproximan a imaginar un determinado color, pero que no indican exactamente el que tenemos en mente. No podemos reflejar la intensidad, el brillo, la tonalidad que nosotros conocemos y que al transmitirse por palabras esos detalles van perdiéndose.

Además, cuando estas palabras se expresan por el habla, son espontáneas, el significado se distancia aún más del pensamiento original y los detalles se van perdiendo más y más. En esa espontaneidad en la que hablamos con alguien, omitimos detalles y elegimos rápidamente palabras para que el tiempo utilizado sea mínimo. Resumimos, recortamos y transpapelamos los pensamientos.

Hace unos días, cuando volvía en coche después de haber bebido lo suficiente para que las palabras fueran más espontáneas, pero no lo bastante como para ser incomprensibles me di cuenta de la razón de esa mayor fluidez a la hora de hablar. No racionalizaba tanto lo que iba a decir, no intentaba ajustar las palabras a las ideas, simplemente elegía las que más a mano tenía sin molestarme en comprobar que eran las perfectamente adecuadas. Adquiriendo fluidez en el diálogo pero distanciamiento de las ideas originales.Sin embargo, ahora, que escribo, (un lenguaje no espontáneo), sopeso cada palabra, cada relación con la siguiente, la fluidez disminuye pero me acerco más a mis pensamientos (hasta dentro de un límite).

Se sabe que el lenguaje humano ha ido evolucionando. Primero las pinturas, después el lenguaje hablado, más tarde la escritura… ¿Y si la siguiente evolución en el lenguaje fuera otra forma mucho más exacta y ajustada a los pensamientos, en los que no tuvieramos que utilizar palabras como instrumentos, sino expresando directamente las ideas? Una especie de telepatía en la que pudiéramos transmitir las ideas en estado puro y de forma espontánea. Es difícil de imaginar, de la misma forma que no podemos imaginar como sería si pudiéramos ver colores que ahora no podemos ver pero otros animales sí o escuchar sonidos que no podíamos escuchar. Con razón algunas escuelas filosóficas trataron (sin éxito) de crear un lenguaje por palabras que fuera totalmente ajustado a la realidad, pero cometieron un error de base, el uso de las palabras.

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