Un estudio cuestiona la utilidad de los pulsioxímetros en casa para pacientes con COVID-19

Colaboración con Investigación y Ciencia.

Pulsioxímetro

La dificultad para respirar (disnea) es uno de los síntomas clave de la COVID-19, especialmente en los casos más graves. Esta dificultad respiratoria aparece por el daño en los pulmones desencadenado por la infección por el SARS-CoV-2, que provoca una neumonía. Si esta afectación respiratoria es importante, el intercambio de gases se altera y se produce un marcado descenso de los niveles de oxígeno en sangre (hipoxemia). Aunque la mayoría de las personas que sufren hipoxemia por la COVID-19 sienten que se están asfixiando (con mayor o menor intensidad), hay pacientes que pueden llegar a tener niveles muy bajos de oxígeno, no ser conscientes de ello e incluso hacer vida normal: una condición denominada hipoxemia silenciosa.

La hipoxemia silenciosa podría suponer un peligro para la vida de los individuos que la padecen. Estas personas no sienten la falta de oxígeno y, por tanto, no buscan atención médica por ello o, cuando sienten la disnea, la neumonía podría estar más avanzada y el pronóstico sería más sombrío. Fue este hecho el que motivó a diversas instituciones sanitarias y colectivos médicos de numerosos países (incluyendo a España) a aconsejar el uso de pulsioxímetros para monitorizar en los hogares la saturación de oxígeno en sangre en personas con COVID-19 o con sospecha de padecerla, sobre todo en colectivos vulnerables como ancianos. De esta forma, los pacientes pueden detectar con rapidez el descenso de oxígeno en sangre (sin esperar a tener síntomas) y acudir antes a Urgencias.

A pesar de que esta recomendación a favor de los pulsioxímetros tenía una clara justificación médica, no existían ensayos clínicos que valorasen su utilidad real. ¿Realmente ayudaban a que los pacientes acudieran antes a Urgencias y tuvieran un pronóstico mejor o, por el contrario, provocaban un mayor consumo de recursos sanitarios sin un beneficio demostrado? Un reciente estudio publicado como carta en la revista The New England Journal of Medicine arroja algo de luz sobre esta cuestión.

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